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Especial para MI DIARIO

DE CUBA AL ARCHIPIÉLAGO DE DULENEGA

I. Kungiler

28 de septiembre de 2005

 

            A mediados de 1999, más de una decena de jóvenes dule tomó su valija rumbo a Cuba, invitados por éste gobierno que les concedían becas de estudio en ciencias médicas. Así, emprendieron su viaje a la patria de José Martí, contemporáneo del modernismo, político y literario y de Carlos Juan Finlay, médico y biólogo, que formulara la teoría de la transmisión de la fiebre amarilla por los mosquitos. Dos personajes imperecederos de la historia cubana y de éste continente. El grupo era la primera promoción de jóvenes que estudiarían medicina en esta nación caribeña, que las y los acogió como hijos e hijas adoptivos(as), para que se recibieran de médicos y médicas. No solo fueron beneficiados con esta beca los dule, sino también ngöbes, buglé, emberás, waunan, afropanameños y campesinos y jóvenes humildes de este país istmeño.

            De esta primera promoción, a principio de este mes retornaron seis dule al país, después de haber culminado sus estudios, con el compromiso de ofrecer y brindar sus servicios y cumplir con su juramento hipocrático, pero sobre todo la responsabilidad de cumplir con su gente. Me habría gustado conocer la historia de cada una de ellos y ellas. Aunque pudiera contar algunas. Algunos desertaron sin terminar sus estudios por diversas razones, que no vienen al caso. Otros y otras con muchas carencias económicas lograron culminar sus estudios. Hay algunos que después de partir no han vuelto a ver sus padres, por no contar con recursos para visitarlos en las vacaciones, en fin, cada una con historias diferentes que contar. Así mismo sus historias en la isla son dignas de un extenso diario de remembranzas.

            Son 48 jóvenes de todo el país, la mayoría indígenas, veinte cuatro ngöbes, seis dule y un emberá, que han vuelto a estas tierras, todos y todas con las esperanzas de contribuir a reducir los flagelos de esta nación. Aunque la situación que se vive en nuestros pueblos y que tienen que enfrentar es angustiosa. El Informe Nacional de Desarrollo Humano, 2002, publicado por el PNUD, subraya de manera alarmante lo siguiente: “En materia de salud, los pueblos indígenas están al más bajo nivel de la población panameña” (PNUD, 2002:130). Según el Ministerio de Salud en “Salud de Pueblos Indígenas”, 2000, nos señala que: “el acceso a la salud de los indígenas es insuficiente. El personal de salud idóneo es escaso: el promedio indígena es de 2.1 médicos por 10 mil habitantes, mientras el promedio nacional es de 8.9.” Es decir, por ejemplo, que el pueblo ngöbe teóricamente debería contar con 16 médicos en la Comarca y por lo menos 4 especialistas. Número imaginario que no me convence mucho, ya que actualmente la Comarca (según cifras del 2000), solo cuenta con un 9 centros. No cuenta con hospital ni subcentros. Esa es la realidad vigente en nuestros pueblos. En la Comarca de Madungandi, la situación es también crítica, uno de los tres puestos de salud con la que se cuenta, está ubicada cerca de la carretera Interamericana, el puesto solo cuenta con una auxiliar, que hace de enfermera y secretaria. El hospital más cercano cubre un área de varios kilómetros y no abastece toda el área. Eso sin mencionar las poblaciones que se encuentran en las riveras del lago Bayano.

            Por otro lado, un comentario publicado hace un par de semanas atrás, en un periódico de la localidad, hacía referencia a los médicos cubanos y obviamente a egresados en universidades cubanas. El columnista, anticastristas Carlos Alberto Montaner de Firma Press. Escribía una nota en relación a la oferta del presidente Fidel Castro de enviar mil 588 médicos a Luisiana, por la catástrofe que hiciera “Katrina”. Cuestión que obviamente, hasta el más apolítico deduciría que no iba ser aceptada por la administración Bush, pero el asunto que me llamó más la atención es calificar a estos médicos de “esclavos de batas blancas”, y pensé en mis coterráneos y llegué comentárselo a una amiga, a Wagayoguna, parte del grupo de medicas recién egresadas. Ella me respondió de manera serena y sencilla, y sin alegar nada y solo recordándome el compromiso con la que se habían ido, que me hizo recordar un poema: “¡Que triste sería el mundo si todo en él estuviera hecho, si no hubiera un rosal que plantar, una empresa que emprender! // Aquél es el que critica, éste es el que destruye; sé tu el que sirve”. Toda la naturaleza es un anhelo de servir, Gabriel Mistral, poetisa chilena.