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EL SILENCIO DEL VIRULÍ
  
I. Kungiler
  
 
  
Alguien dijo alguna vez que: ‘cada anciano que muera es una biblioteca que desaparece’ este es el caso del pueblo dule. En dulenega, casi se nos está desapareciendo por completo estas bibliotecas, portadoras de una memoria histórica de siglos, de conocimientos tradicionales y tecnologías tan sofisticadas que supieron respetar su entorno natural (hoy medio-ambiente).
  
 
  
Recientemente, desapareció un amigo mío, su nombre impuesto por misioneros bautistas de aquel entonces fue Franklin Roosevelt, yo lo prefiero llamarlo Saila RUSVELT. Él, debió haber tenido un poco más de 90 años a la hora de su ida. Conocedor del masar igar, canto que se entona a los muertos para su ida a la Patria Final, el canto del virulí emplumado. También fue un gran absoged, que para mi limitado conocimiento de la sabiduría de mi pueblo, es un canto para ahuyentar los malos espíritus, así como para controlar las epidemias, el descifrador de males. Estos son dos de los conocimientos, que poco a poco están al borde de la desaparición, si es que con él no se hayan ido.
  
 
  
El Saila ´Rusvelt', me contaba que en su juventud fue también un gran jugador de baloncesto. Deporte que llegó con nuestro contacto con los misioneros y la relación que mantuvo los dule con los gringos en las antiguas bases estadounidenses. Trabajador y dirigente respetado por muchos años.
  
 
  
En mi última visita a la
Comarca, tuve la dicha compartir una larga conversación con él, a la orilla del mar. Yo sabía que mi amigo había perdido la vista, su edad junto a la ceguedad no le permitían salir de su hogar. A la vez, sabía yo, que con esas limitaciones, él no había perdido su lucidez. En mi primera visita le solicité una entrevista grabada y él me pidió que lo hiciera. ‘Cuando el tiempo llega ser nuestro aliado, sabemos cuando es el momento preciso para hacerle caso a lo que nos dicta el corazón’, Me decía mi amigo. En mi segunda visita le pedí a la doctora Marisela Zambrano, que me acampara a tomar una foto al Saila, ese día me acompañó el doctor Arturo Domínguez, que hacían su internado en la isla de Ailigandi, comunidad de donde era el Saila.
  
 
  
El me contó de algunas de sus anécdotas, la amistad que tenía con mi abuelo Remón. Sus travesuras y sus disgustos. Su amor al conocimiento ancestral. La importancia de compartir a los más jóvenes este conocimiento. Decía él: ‘si hoy nuestros Sailamar no conocen ni un canto sagrado, como pretenden que sus hijos quieran aprender un canto. Nosotros los ancianos debemos acercarnos a los más jóvenes y los más jóvenes luego se acercarán a nosotros’. Hoy mi abuelo y el Saila, se reencontraron y juegan en el jardín perfumado de la Patria Final. Saltando y entonando cantos en la morada de la Madre Tierra y el Gran Padre. Esperando reunirse con todos sus amigos.
  
Be
ittogua.


I. Kungiler
(vianor pérez rivera)
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